
Durante este trayecto inicial, los componentes de nuestro grupo más puestos en botánica (Óscar y Miguel, y en ocasiones Juan) tuvieron una rica conversación acerca de las diferentes especies de plantas que iban apareciendo por nuestro camino. También nos pudimos encontrar con algún que otro rumiante.
Pero poco a poco, el entorno se empezó a volver más inhóspito, el pino silvestre (corregirme si me equivoco) dio paso a arbustos rastreros, apenas visibles entre el espeso manto de nieve. Aunque hubo algún repechito matador, pudimos llegar sanos y salvos a la cumbre de La Cebollera, donde aprovechamos una breve parada (porque el viento te helaba la sudor y eso es malo, muy malo) para avituallarnos y hacer alguna foto. Por cierto, Óscar no hizo ninguna foto porque llevaba encima una cámara de 1000€ (o menos) y 800g. de peso pero... EL MUY IDIOTA NO LLEVABA BATERÍA; ja ja ja, luego me dice a mí, ¡¡¡que imbécil!!En esta se observa, en la lejanía, nuestro objetivo: el Pico del Lobo.
Tras un descenso vertiginoso, con una pendiente de más del 50%, comenzó... la ODISEA. Al principio unos pequeños repechitos por un camino embarrado, luego un gran repechito por una ladera llena de rocas y nieve, con plantas ocultas bajo la nieve que te hacían meter hasta las rodillas en la nieve. Después, cuerdear una ladera llena de rocas y nieve, con la muerte a ambos lados. Tras esto una subidita por la nieve, un giro brusco en una cuerda de nieve, más subiditas... y yo ahí, en último lugar, sufriendo principios de hipoxia, pasito a pasito. Hasta los coj.... acabé, eso de mirar a ambos lados, ver dos laderas de hielo-nieve que bajan a sabe Dios donde, con un viento mortal, que te helaba los huesos y sin otra opción que seguir para adelante, seguir subiendo y subiendo más y más; eso minó mi moral, pero no había otra opción, tuve que seguir a duras penas. También estaba cansado de chupar hielo, porque me quedé sin agua, pero no quedaba otra, cada vez quedaba menos.
Por fin, tras muchos giros, repechos, rellanos y ánimos de Miguel (me ayudaron mucho la verdad, aunque me dijera que era la última subida y fuera mentira), llegué a la falda que daba a los últimos metros de ascensión, y allí arriba me esperaban los demás. Yo pasé de subir, estaba empezando a anochecer y mi única preocupación era abandonar la parte nevada antes de que se fuera la luz. La bajada otra odisea, al principio camino helado con una megarampa de suicidio a la izquierda, yo ya miraba sólo hacia delante, como los burros. Ya menguaba la luz y nos adentramos en el pinar, donde la ausencia de nieve y de hielo hacía más llevadera la bajada. Mis compañeros iban to' follaos, como si les hubiera metido un chile habanero por el culo, y yo mientras tanto luchaba para que mis piernas me hicieran caso y siguieran hacia adelante, evitando y superando calambrazos y molestias.
Ya era de noche, seguíamos por el bosque, aguzando la vista, y poco a poco surgieron signos de civilización: una casa, una farola, una carretera y por fin... ¡¡¡NUESTRO COCHE!!!
Tras todo, y con temperatura bajo cero, nos cambiamos de ropa y calzado, tomamos algo de comida y bebida, y por fin nos retiramos, cada uno a su casa, a por una duchita y el calor del hogar.
Mi parte de guerra: una ampolla (sanada al instante) y nada de agujetas.
PD: me planteé, allí arriba, dejar de hablarles, la ruta fue mortal.






